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La circunstancia actual del discurso y el debate político – Dr. Jorge A. Lumbreras Castro.

  • Jorge A. Lumbreras Castro

Durante varias décadas el debate político supuso un deber ser o si se quiere una serie de premisas que lo legitimaron. Tras la Segunda Guerra Mundial las entonces dos superpotencias establecieron una narrativa política de lo que hoy llamaríamos de “alto nivel”, las condiciones existentes precisaban el diseño, análisis de contenido y estudio de las probables repercusiones de cada mensaje, eran tiempos donde la “seriedad” del discurso resultaba fundamental, bajo la evidencia que se escribía en líneas y entre líneas. Por otra parte, pero de forma simultánea, una larga tradición se encontraba con este lapso de más de cuarenta años de Guerra Fría, tradición que apeló a que el discurso político exigía cuidado, conocimiento del lenguaje, y hasta excelsitud de contenidos.

Forma y fondo eran figuras socorridas ante la elaboración de todo discurso, más aún cuando se trataba de propuestas sobre la vida pública. Filosofía, historia, economía, ideología y propuestas fundadas en evidencias eran en conjunto la aspiración para construir y exponer un discurso político. Para hablar de política había que saber o al menos exponer las cosas con la suficiente lógica y convicción para sortear la aduana del análisis de los adversarios, y de un público que exigía, en unos casos más en otros menos, que sus gobernantes o aspirantes a gobernantes tuviesen idea de lo que decían.

Sin embargo, las cosas comenzaron a cambiar con la llegada de una nueva comunicación política desde la década de los años setenta el siglo XX, al aplicarse nuevas herramientas sobre el conocimiento de las audiencias, donde la estadística social aportó el concepto de mercado político, donde más allá de la filosofía política aparecieron las propuestas “a la carta” en función de las audiencias, y donde la tecnología del discurso comenzó a simplificar las ideas políticas para convertirlas en productos políticos.

Las campañas políticas fueron objeto de estrategia, táctica, programas y acciones; se fortalecieron las empresas que en varios países asumieron el control de estas campañas, y de ese modo, se profesionalizó el mundo de la comunicación política. En evidencia, la carta de presentación de los hacedores del campañas fue el número de contiendas obtenidas; así las cosas,  proliferaron distintos discursos desde una misma propuesta para audiencias diferenciadas, y ocurrió que el control de la narrativa, sin bien tenía parámetros ideológicos, escapó paulatinamente al control y visión de los políticos tradicionales.

Este proceso continuo por varias décadas, aunque se mantenía la aspiración de aportar narrativas sólidas, lógicas, consistentes y en lo posible identificables ideológicamente, en la década de los noventa del siglo XX esta circunstancia dio un viraje cuando tras el fin de la bipolaridad y la expansión del binomio del liberalismo democrático, la agenda política debió asumir nuevos contenidos, así apareció el concepto de “mayoría de minorías”, la política como acción cotidiana no podría apelar más a los grandes referentes ideológicos, ni al conflicto este-oeste, menos aún a la división el mundo en dos entramados políticos, se inauguraba el tiempo de la diversidad, la pluralidad y la heterogeneidad social.

Así las cosas los nuevos grupos que clamaban por su presencia en el espacio público se convirtieron de manera rápida en nuevas fuentes de legitimación del orden político, y las organizaciones políticas tradicionales buscaron incorporar  las agendas de estos grupos en su acción política cotidiana para convertirlas en leyes y programas de gobierno, a la par las organizaciones de la sociedad civil aparecieron con nuevos horizontes y líneas donde una serie de múltiple de demandas se expusieron frente a los gobiernos que asumían proceso de liberalización política y democratización en su versión técnica e instrumental.

El discurso era otro, aparecía plural y diverso aún con fuertes resistencias de los partidos en diferentes latitudes del mundo que abrazaban convicciones generales y hacían referencia a grandes colectivos, incluso, aún a los “sectores” y las “clases sociales”. En ese marco, el siglo XXI trajo un nuevo elemento que terminó por establecer un punto de inflexión en la narrativa de los actores políticos: internet y las redes sociales. De los discursos políticos que duraban horas se pasó al texto preciso, escueto, diríase antes lacónico pero incisivo, claro y contundente. Las estrategias de campaña se trasladaron también a las redes sociales, y surgieron especialistas en la materia.

El discurso político por lo menos en diversos medios de comunicación dejó atrás los últimos fragmentos explicativos así como de elocuencia, estética y de axiología para transitar a la frase clara, a lo espectacular, al debate simple, a la imagen, la voz y el texto, y a convivir con millones de usuarios reales o pagados dispuestos a apoyar o descalificar cualquier cosa; la aspiración de los actores políticos se instaló en convertir sus frases, videos e infografías en virales.

También los nexos entre Estado, gobierno y sociedad cambiaron, el Estado al dejar de ser la fuente de realización colectiva abrió el mundo de lo social. Las instituciones del Estado dejaron de ser la fuente de la vida colectiva, ahora había más preocupaciones, más agendas que considerar, más asuntos concretos que resolver con una sociedad civil que tendencialmente se apropia de lo público; lo político enfrentó en el nuevo milenio una forma distinta de participación y credibilidad, y si a esto se suman los problemas que registran las democracias como lo ha advertido la Organización de Estados Americanos (OEA), la distancia ciudadana con los actores y organizaciones políticas creció. Llamar al interés de la ciudadanía por lo político es difícil, y se precisa transitar por nuevos medios de comunicación para generar legitimidad.

Esa es la circunstancia actual del discurso político, un nuevo momento de la comunicación que tiene sus propios parámetros, donde el espacio político se comparte, y donde sin embargo, y por paradójico que parezca se necesita seriedad y responsabilidad política. En el nuevo debate sobre medios de comunicación entre apocalípticos e integrados, habría de decirse que la política es importante, que las elecciones implican temas centrales para cada persona, y que las consecuencias de la elección pública son de envergadura.  

jorgealumbrerascastro@gmail.com