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La renuncia de Donald Trump y la seguridad global – Jorge A. Lumbreras Castro

  • Jorge A. Lumbreras Castro

Desde la década de los años sesenta existe claridad respecto a los riesgos que las decisiones de las naciones tienen sobre la seguridad de las personas de todo el mundo. La Guerra Fría dejó un legado que se integró por el desperdicio de recursos, la carrera armamentista, la ideologización extrema de las decisiones, las intervenciones de las otrora superpotencias en diversas regiones y países, así como la zozobra permanente sobre las consecuencias de un conflicto nuclear.

 

En ese marco se generaron los más diversos estudios sobre las instituciones de los Estados, para saber si sus administraciones públicas y líderes disponían de los medios, información, capacidades y velocidad de respuesta necesaria ante la complejidad que suponía el estado de tensión entre el Este y el Oeste.  En esas décadas se crearon nuevas agencias de inteligencia, se destinaron grandes recursos a las instituciones de Defensa, Política Exterior, e Inteligencia porque a vistas claras la información y la capacidad de procesarla eran esenciales para conocer los movimientos del bloque opuesto, contrarrestarlos y anticiparse.

 

Una ruta de trabajo en los E.U. consistió en saber qué hacer ante la eventualidad de que una persona fanática, poco preparada o de plano idiota gobernara ese país, pues la democracia como régimen político permite tal posibilidad. Así que los E.U. encontraron la respuesta en el diseño de las instituciones, en los controles sobre el gobernante con base en la división de poderes, en las comisiones del Congreso, en los servicios de inteligencia, en la participación de civiles y militares en las decisiones de defensa y en el manejo de la estadística a través de simuladores cada vez más complejos.  

Todo esto se construyó, sin embargo, bajo la premisa de que el Presidente de los Estados Unidos debía disponer de los márgenes para tomar decisiones rápidas, consistentes y racionales.  Al término de la Guerra Fría y bajo las nuevas tendencias mundiales el discurso dominante se encauzó hacia el liberalismo y la democracia, los procesos de democratización en la mayoría de los países avanzaron, del mismo modo que la economía de mercado, fueron años de relativo optimismo y de proliferación de promesas a la ciudadanía; incluso los acuerdos de no proliferación de armas nucleares abonaron a este proceso, Empero, diferentes voces alertaron que tras ese discurso “casi único” prevalecía el gasto militar, que países como China se armaban, que los conflictos regionales aparecían, y que ninguna nación estaría dispuesta a perder su poderío ni su influencia.

 

A casi 20 años de la caída del Muro de Berlín la estadística mundial muestra la capacidad bélica de diferentes naciones, donde E.U. está a la cabeza en gasto militar, y China y Rusia muestran poderosas maquinarias bélicas. Asimismo, distintos países muestran que invirtieron grandes masas de recursos en sus Ejércitos, en otros términos, el discurso de la democracia liberal con todo y sus promesas y nuevas agendas de legitimación no evitó que en el mundo haya hoy en día conflictos locales, regionales y aún entre naciones.  Ese discurso tampoco evitó la reconfiguración las zonas de influencia de China y Rusia.

 

En suma, tras la Guerra Fría las inteligencias nacionales siguieron operando, aun con el desmantelamiento de estos servicios en la antigua URSS parece que se articularon nuevamente, que los decisores se abocaron a aprovechar las ventajas del libre mercado y a consolidar sus economías a la par de sus Ejércitos.  Las naciones crearon universidades, se sumaron a las nuevas rutas de legitimación de la democracia, fortalecieron procesos electorales, invirtieron en investigación y desarrollo, y donde fue posible también destinaron recursos para su aparatos militares.

 

Hay más armas en el mundo hoy que antes de la Segunda Guerra Mundial y en proporciones mayúsculas en cuanto a su capacidad de generar daño.  De modo tal que aún en medio del llamado “nuevo orden mundial”, de los acuerdos económicos globales tendentes a la privatización, de las redes sociales y de la revolución de la inteligencia a través del software avanzado, un espacio de la realidad indica que las naciones se ocuparon e fortalecer su peso regional, su capacidad de defensa, su poderío, redes de inteligencia y cuadros de decisión.

 

Este es el escenario en que el Mr. Donald Trump ganó la presidencia de los Estados Unidos,  con problemas de alta complejidad, donde más allá del ruido de medios de comunicación y ciudadanías tan irresponsables como él, están líderes y grupos de poder que sí se toman las cosas en serio desde hace décadas. La gestión del Gobierno de los E.U. abre espacios todos los días para la influencia de actores que se distinguen por su falta de preparación, impone altos costos al prestigio nacional de ese país en credibilidad y confianza, y su idiotez sólo es compensada por la prudencia de los líderes de otras naciones. La mejor forma de prolongar la crisis de los E.U. es que el Sr. Trump siga en el poder, sin embargo, eso ya representa una amenaza para la seguridad regional, hemisférica y global.

 

Las gestiones de los Bush impusieron altos costos a las instituciones de los E.U., desgastaron la credibilidad del Gobierno, pusieron a gobernar a dueños de empresas petroleras y de armamento, incrementaron el gasto militar, y desplegaron estrategias de intervención, espionaje y franca agresión en diversas latitudes: La administración Obama apenas alcanzó generar algunos equilibrios, y a avanzar sobre las nuevas agendas de una democracia quizá global; empero  tampoco pudo confrontar a los grupos de poder que dominan en aquella nación.

 

Así las cosas, hoy el Gobierno de los Estados Unidos sufre un resquebrajamiento desde dentro que lo vuelve inestable y peligroso.  El problema es qué hacer con un idiota en el poder, que dispone de las atribuciones constitucionales que el pueblo de los Estados Unidos le da a cada Presidente, su renuncia podría ser altamente costosa al igual que su permanencia en el poder. Hoy las élites de los E.U. no saben cuál es el mal menor.  

 

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