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Pero qué bonito y sabroso | Hojas de papel volando

  • Joel Hernández Santiago
  • en Cultura

¡
U
no, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho: ¡Mambo! Y comenzaba el baile delirante. Los pies acompasados, adelante-a un lado-atrás-al frente, como si se estuviera en un barco en mar a oleadas; los hombros en movimiento interminable, las manos al frente como en pequeño jaloneo por avanzar, palmas abajo, la mirada frenética y la locura interna y externa de una música que se metía en la sangre porque era al mismo tiempo sincopada-rítmica-jazzeada… era el ¡Maaaambo!”

En los años cincuenta México se transformaba. Y su ser alegre recobraba vida. Había terminado la Segunda Guerra Mundial y era tiempo propicio para recuperar los días perdidos, que no lo fueron tanto porque la vida interna del país siguió su ritmo y su búsqueda para solucionar los grandes problemas nacionales. Aún no solucionados.

Eran los años en los que el sistema político mexicano estaba acotado a un partido tricolor, y una oposición que seguiría así por muchos años más: ni para atrás ni para adelante. Apenas para justificar que aquí había democracia aunque no la hubiera. Fueron los dos últimos años del gobierno de Miguel Alemán, el gobierno del
viejito
Adolfo Ruiz Cortines y los dos primeros de Adolfo López
Paseos
, digo, Mateos.

Mientras tanto, en Cuba la vida seguía con sus problemas y la levedad del ser cubano. Siempre alegres, dispuestos, amigos entrañables. Por entonces México y Cuba caminaban de la mano,
Semper fidelis
. Si algo le pasaba a Cuba, México brincaba. Y a la inversa. Por lo mismo, esa comunicación fraternal se manifestaba en diferentes expresiones de la vida hecha y derecha.

La música era una de ellas. Allá que llevan la música en las entrañas, que se dice, y acá nosotros tan dados a darle a la cantada y a la bailada a la menor provocación. De allá nos vinieron la guaracha y el danzón. Entre Cuba y México se construyó el bolero que
dice lo que en otros lados se calla
y también llegó el mambo.

“Mi nombre es exactamente Dámaso. Hijo de Sara Prado y de Pablo Pérez. Nací en Matanzas el 11 de diciembre del año que usted quiera [1916]; soy sagitario y ha de saber que los sagitarios no creemos en nada. Pero soy católico…” [En entrevista con Federico Gómez Pombo]

Estudió piano desde los nueve años. Provenía de una familia de clase media. Por entonces tocaba
Para Elisa
de Beethoven y le encantaba Chopin. Pero a los veinticinco años, en 1941, pasó a La Habana y comenzó a tocar en lugares de fiesta interpretando música tropical. Había pasado penurias en su tierra natal:

“¿Qué si tuve hambre alguna vez? Hambre sí la tuve. No en México sino en Cuba. Era cuando estaba de presidente Machado que, has de saber, era una dictadura, la población comía harina con agua y pan duro cuando se podía…”

En La Habana trabajó con la orquesta Casino de la Playa, que por entonces era la gran orquesta cubana. Ahí cantaba
Cascarita
, a quien le gustaban sus arreglos musicales. También tocó con la orquesta Cubaney y en la Sonora Matancera. Eran los años cuarenta y Dámaso Pérez Prado comenzó a intentar arreglos más novedosos y nuevos ritmos.

Puso atención en la música cubana de entonces, sobre todo en el danzón, pero también le atrajo el jazz. De ambos habría de nacer un nuevo ritmo.

En 1945 consigue hacer su propia orquesta. Era el Conjunto Pérez Prado y grabó su primer disco. Con su conjunto salió por primera vez de Cuba. Fue a Venezuela en donde trabajó en orquestas locales aunque siempre con los ritmos ya conocidos.

En 1946 llega a México. Quería probar fortuna en un país cercano a Cuba en gustos musicales y con grandes posibilidades de desarrollo de sus propias ideas.

Aquí es arropado por cubanos que ya estaban en pleno apogeo artístico, especialmente Benny Moré y Ninón Sevilla. Poco a poco se va colocando en el ánimo musical mexicano y, por entonces, participa haciendo arreglos musicales para películas de la época de las ‘cabareteras arrepentidas’, como fue
Perdida
(“Perdida, te ha llamado la gente sin saber que has sufrido, con desesperación…”, si ajá).

Transcurre el tiempo. Comienza a tener éxito musical, por sus arreglos y algunas composiciones, pero no es sino al inicio de los cincuenta cuando en México desarrolla lo que podría ser su gran aportación musical a la época: el mambo.

Por entonces la vida en el Distrito Federal –que era su centro de operaciones y ombligo de la vida urbana nacional– estaba en pleno desarrollo.

El desahucio del campo comenzaba a ser evidente y la gente se comenzó a trasladar a las zonas urbanas, preferentemente la capital del país. Se buscaban oportunidades de trabajo. Las familias eran numerosas – “con hijos por dondequiera” –; fueron los años en los que se otorgó el voto a la mujer como si fuera un regalo político más que un derecho natural; las mujeres usaban faldas hasta la mitad de la pierna y se puso de moda la crinolina y los
brasieres de pico
que eran la gran novedad.

Los niños, jóvenes y adultos preferían salir a la calle y disfrutar la convivencia. En casa escuchaban música en la radio y si tenían lana, pues en los tocadiscos que ya estaban por ahí “en abonos, sin enganche y sin fiador”. Estaban de moda Pedro Infante, María Félix, Jorge Negrete, José Alfredo Jiménez hacía llorar a todos con eso de que “se cansó de rogarle.”

En la casa de algunos
rotos fufurufos
comenzaba a llegar la televisión blanco y negro, y ya algunos se paseaban muy orondos en vehículos construidos aquí mismo por la General Motors, la Chrysler y la ahora muy solidaria con Trump, la Ford.

Ya se empezaba a preferir la Coca cola al agua de jamaica o el tepache, y las amas de casa seguían los tres movimientos de Fab: “remoje, exprima y tienda”, porque “mejor-mejora-Mejoral”, “¡Bárbara… Bárbara… Bárbara: tome leche Bárbara porque hace unas horas era pasto!”.

[Y así la cosa en la capital del país que aún no sufría las tribulaciones de un gobierno mal entendido y mal llevado como que el que hizo aquí Miguel Ángel Mancera, el famoso ‘
home run
’ porque se va… se va… se va… ¡Se fue! Y dejó un verdadero tiradero en esta casa capitalina que es la casa de más de diez millones de seres humanos que sufrieron la gota gorda mientras él juraba y perjuraba que esta es la ciudad feliz, con todo cumplido para todos.

[La ciudad que él decía que no dejaría por nada del mundo porque su meta en la vida era la reconstrucción luego de los sismos y que no la dejaría para seguir una carrera política (¡fuchi!) aunque no dijo eso cuando quiso ser candidato presidencial, pero no lo dejaron, quiso ser legislador –no lo dejan—y quiere ser procurador en el gobierno de Anaya –si gana—y quiere ser todo eso, al mismo tiempo. ¡Sí, Chucha!]

Pero, bueno. Ya ubicado en México, a principios de los cincuenta, Dámaso Pérez Prado desarrolló sus ideas musicales. Y fue aquí en donde presentó ese nuevo ritmo que conmocionó a los mexicanos al grito de
¡Mamboooo!

Y entonces sus mambos comenzaron a tocarse por todos lados, en las calles, en las fiestas, en los salones de fiesta, en los entonces aún vigentes cabarets o en los teatros de revista tan en auge por entonces: el
Follies Bergere
, el
Lírico
, el
Margo
, en las carpas callejeras: ¡Comenzó la fiesta del mambo!

“Mambo es la combinación sincopada de un ritmo que llevan los saxofones. Sobre esa sincopa, la trompeta, la flauta o lo que usted quiera hacen una melodía. La batería va con ritmo de cencerro a cuatro tiempos y el bajo da una combinación de una negra con dos corcheas. Una negra en el primer tiempo, dos corcheas en el segundo tiempo, un compás de espera en el tercer tiempo y otra negra en el cuarto tiempo”. (¡Arroz!)

Así que el mambo pegó fuerte. En todas las clases sociales. Bailarlo era un síntoma de estar bien, de alegría, de no hay pasado ni presente, todo termina en ese ocho que marca el inicio de la música que hacía que bailarines, comensales, tomadores, señoritas de blancas tobilleras y muchachos de pantalón de peto, movieran los pies, las manos, el bote. Era así de pegajoso.

Y ese ritmo se internacionalizó. Ya no era sólo el Distrito Federal, era todo el país y fuera del país. En Estados Unidos fue bien recibido, aunque no tanto: estaban acostumbrados a lo tropical y armonioso del catalán Xavier Cugat o la música latina de Machito y Tito Puente.

En México comenzó la gran producción musical de Pérez Prado:
Mambo 5
,
Mambo 8
,
La chula linda
,
Lupita
,
Cerezo rosa
,
Patricia
,
¡Qué rico mambo!
y muchos más, en todos su famoso pujido: ¡Ughh! Con el que –dijo alguna vez– quería animar al trompetista.

Por supuesto surgieron problemas por la paternidad del mambo. Uno de ellos, el más famoso por entonces, fue con su propio hermano, Pantaleón Pérez Prado, quien acusó a Dámaso de “usurpador y de plagio”. Otros decían que el mambo ya se escuchaba en La Habana desde finales de los treinta. En México los de la Vela Perpetua decían que era un baile pecaminoso, que aludía “descaradamente” a los movimientos sexuales y que despertaba (¡Mmmmm!) las más bajas pasiones. No pasó nada. La duda quedó. El mambo está ahí.

Mientras, Pérez Prado y su gran orquesta –que vestían a tono con el ritmo, uniformados con trajes delgados de tela clara, chalecos, camisas de color y bombachos con holanes en las mangas– recorrían el mundo con mucho éxito y el mambo era tomado en serio: Su pieza musical,
Patricia
fue utilizada en 1960 por Federico Fellini en su película
La dolce vita
.

En tanto, en la ciudad de México, ya se había consolidado el mambo en aquellos años cincuenta.

A ritmo de mambo se construyó en 1956 la Torre Latinoamericana, y también grandes hoteles y edificios en Paseo de la Reforma o Insurgentes. Y el nuevo mercado de la Merced, se creó la zona industrial en el corredor Industrial Vallejo, se inauguró el Centro Médico La Raza, la nueva estación Buenavista para trenes y el autódromo de la Magdalena Mixhuca: ¡Maaaambo!

En 1953, Dámaso Pérez Prado fue expulsado de México. Él nunca quiso aclarar las razones. La leyenda dice que fue porque se atrevió a hacer una versión en mambo del Himno Nacional. Otros dicen que por desavenencias con un poderosísimo político por el amor de una mujer y más. El chiste es que se fue a Cuba un buen rato. Pero regresó a México y produjo dos nuevos mambos a modo de
¡perdón, no lo vuelvo a hacer!:
Mambo del Politécnico
y
Mambo de la Universidad.
Todos contentos.

Ya mayor. Ya en los recuerdos y con un “aquí no pasó nada”, en 1980 se nacionalizó mexicano. En este país vivió sus últimos años. Murió a los 72 años en la ciudad de México en 1989. Pero quedan ahí los mambos que dieron paso al nuevo ritmo que se llama Chachachá.

Beny Moré, uno de los que lo apoyaron a su llegada a México en 1948, fue quien lo bautizó como
Cara’e foca
y quien, como cantante de la orquesta de Pérez Prado, entonaba aquello de ¡
Pero qué bonito y sabroso bailan el mambo las mexicanas
…!

Pues eso. Bonito y sabroso todos aquellos años de búsqueda, de reencuentro de México con sus orígenes pero también con el germen de lo que querían para el futuro.

Atrás, como telón de fondo, estaban los grandes problemas mexicanos: el de la justicia para médicos, maestros, ferrocarrileros que tuvieron la osadía de exigir sus derechos y, por lo mismo, fueron reprimidos en tiempos de Ruiz Cortines y López Mateos… pero esa es otra historia que merece ser contada.

¡Maaaaambo!

jhsantiago@prodigy.net.mx

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