Él es Kodak, un reflejo del aumento en la incidencia delictiva de la CDMX

Hoy, a sus 19 años, lleva 30 robos de distinto grado, la mayoría a mano armada. Él, a diferencia de su padre, nunca ha pisado el reclusorio

Emmanuel Gallardo

  · jueves 18 de enero de 2018

ILUSTRACIÓN: LUIS CALDERÓN GUERRA

El Kodak acababa de cumplir siete años cuando apresaron a su padre. No lo supo de inmediato, porque los tres años siguientes su familiares le inventaron varias mentiras cada que preguntaba por su papá. “Nunca me quisieron decir, pero yo después, pus, me enteré que mató a un policía y sólo conviví con mis dos hermanos”, suelta a rajatabla el Kodak mientras le tatúan una santa muerte en el pecho; “se la debo”, dice, porque hoy, a sus 19 años, Kodak lleva 30 robos de distinto grado, la mayoría de ellos a mano armada. Él, a diferencia de su padre, nunca ha pisado el reclusorio.

Se inició a los 15 años: “Fue robo a transeúnte, carnal. Arrebatón, así al putazo, corriendo. Los cazas, los vas cazando, vas corriendo, le arrebatas y vámonos. Vas sobre celular, bolsas; depende lo que traiga en la mano. Si ves una mochila, no sé, Loui Vuitton, en corto, sabes que ahí hay dinero; en corto, arrebatas”.

De los “arrebatones” a transeúntes, El Kodak pasó al robo a cuentahabiente: “Yo decidí mi primer robo grande una noche en casa de mi abuela. Estaba con mi primo. Nos pusieron a una vieja que iba a sacar 20 mil pesos. Le dije a mi primo: nada más tú y yo; nos toca de a 10 y 10, y entre los dos le damos 5 mil al wey que nos puso a la ñora. En corto, nos prestaron unas pistolas y con eso. El robo fue allá por Centro Médico, íbamos en moto. Mi primo iba manejando y yo me bajé, la encañoné y presta, ya sabes. En corto me los dio y vámonos”.

Después vinieron más robos. Junto con cuatro de sus primos, El Kodak formó una banda que ha robado a cuentahabientes, restaurantes, automovilistas y transporte público. “Toda mi familia es la rata, carnal”, confiesa.

 

Según el Kodak, la Ciudad de México se ha vuelto un paraíso para los rateros de todo tipo por el nivel de corrupción que impera en la policía: “No mames, aquí bisneas a un policía en corto. Uno de ratero sabe que con dinero la chispas siempre, y al chile los policías son los que deciden a la mera hora si te vas o no, carnal, si les llegas al precio, con lo que traigas: celulares, dinero que te hacen pedir a tus familiares para dejarte ir. Es mejor arreglarse con ellos que con los del MP; con esos weyes es más caro porque ya estás a un paso del reclusorio”.

“Maritza”, agente del Ministerio Público (MP) desde hace 15 años en una de las 16 delegaciones de la CDMX, no desmiente al Kodak: “la corrupción está enclavada en todo el sistema de justicia mexicano y es la principal causante de los niveles de inseguridad porque los delincuentes entran y salen. Por eso, si te robaron los espejos de tu coche, es muy probable que si se los pones de nuevo, te los vuelvan a robar”.

Tan solo en el primer trimestre del año, la capital del país registró casi 23 mil 400 denuncias por asaltos, un promedio de 260 nuevos robos a diario y para el mes de octubre, el mes más letal en el país en los últimos 20 años con 2 mil 371 homicidios dolosos, los robos de distinta modalidad llegaron al millón 515 mil 74 denuncias, según cifras del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública (SESNSP)

“Aquí, las cosas no cambian y no van a cambiar porque desde abajo hay mucho dinero de por medio; con los abogados, los arreglos, y si quieres hacer las cosas bien, te llueve el acoso y viene desde arriba”. Maritza platica a susurros mientras sella sin ver un grueso legajo de varias carpetas de investigación que tiene sobre su escritorio.

 

Ante el pesimismo de la mujer Ministerio Público, “Abel”, Policía de Investigación de la CDMX, con más de 20 años de carrera reconoce el aumento en la inseguridad y critica la naturaleza del nuevo sistema de justicia penal: “Ese sistema se copió del anglosajón, pero se ha estado afinando con el sistema colombiano y el sistema chileno. Son delincuencias distintas, y ese es el problema. Adaptarlo cuesta. Funcionará a futuro, pero por ahora está muy cabrón porque tiene que existir flagrancia para justificar una detención. La rata conoce al policía, siempre van un paso adelante”.

Abel es enorme, moreno y con finos lentes de marco dorado. “Ya ves, según yo no iba a platicar contigo y ve. La verdad es que los rateros pocas veces encaran una consecuencia real, es prueba y error: la rata roba y ve que lo sueltan; ya aprendió que si delinque, lo van a soltar. Si lo detienen, le hacen su estudio socioeconómico, lo llevan ante el juez de control que determina cuál es la medida de apremio para que vaya a firmar; no le dan la prisión preventiva oficiosa, sale, vuelve a delinquir y vuelve a hacer lo mismo”.

Abel asegura que jóvenes como El Kodak son fruto, en la mayoría de los casos, del entorno en donde viven: “si nace en un ambiente criminal donde sus primos, papás son delincuentes, ¿Qué marco de referencia tiene?”.

Su pregunta retórica parece sonar obvia ante los ojos de una virgen de Guadalupe montada en un altar dentro de aquella oficina de policías, impregnada de olor a encerrado mezclado con sudor permanente.

Sin embargo, para el sociólogo e investigador de tiempo completo de la Universidad La Salle, el doctor César Rebolledo González, los ladrones como el Kodak son algo más extenso: “específicamente de la delincuencia común, la de los robos a pequeña escala, podría decir que ésta responde a la exclusión social. Es un mito que el ladrón robe porque no tiene para comer. Cuando los jóvenes recluidos hablan de sus ganancias reluce la dirección de sus gastos: bares y discotecas exclusivos, ropa de marca, joyas, autos y todo tipo de artículos suntuarios”. El Kodak es ejemplo: “Yo ya no no estudiaba. Yo quería tener dinero, quería tener todo antes, fácil. Empecé a robar y tuve dinero, todo lo que quería”.

“Se trata de carencias simbólicas altamente impulsadas por la sociedad capitalista”, explica el doctor Rebolledo, “poder, dinero, respeto, fama, trascendencia, sin embargo, vivimos en un sistema político que resalta de manera alarmista y unidimensional la violencia, la inseguridad y la delincuencia. En una sociedad con miedo suele perderse la perspectiva. En este país pareciera que nos preocupa e indigna más el robo de una cartera que el desfalco de una nación”.

Y no es sólo una cartera: de enero a octubre de 2017 en México fueron denunciados un millón 515 mil 74 delitos en las 32 procuradurías a lo largo del territorio nacional; los robos violentos a negocios crecieron un 62%, mientras que los asaltos con violencia en carretera 54%, y los ataques con armas de fuego 39%.

 

“Sí ha subido (la inseguridad), papi, al chile. Es que ya hay mucho ratero morro que mata a lo pendejo. Por eso los ladrones rucos nunca quieren trabajar con uno, porque creen que todos matamos a lo pendejo, pero nel”.

El Kodak dice que ya no quiere volver a robar “ya trato de no hacerlo porque ya no tengo necesidad. Mi papá me da dinero. Obviamente yo no trato de pedirle mucho, trato de, de vez en cuando, un robo, ¿no? La risa del Kodak es burlona entre la nube de marihuana que exhala en medio de la sesión de tatuaje.

Actualmente, Kodak dice no saber a qué se dedica su papá, pero confiesa que hace unos meses lo “cachó” lavándose las manos con su propia orina.

Ante la crisis de inseguridad ciudadana, el sociólogo César Rebolledo prefiere no voltear a ver las iniciativas de los legisladores en Senado de la República: “me parece que las iniciativas que valen provienen desde abajo. Mejor mirar los espacios culturales independientes, las asociaciones civiles, las organizaciones vecinales, los clubes deportivos, los colectivos artísticos… es ahí donde la resistencia adquiere sentido y donde quizá estén sembrándose el inicio de un verdadero cambio de paradigma.